La Historia de Mi Infancia.

Queridos lectores: este fragmento de mi infancia deja muy en claro que no hubo nada en ella que señale a Godwriting o la espiritualidad. Nada que yo pueda ver en todo caso. Si ustedes ven algo, ¡por favor háganmelo saber!

Pero esta ausencia de prefiguraciones enfatiza, una vez más, que cualquiera puede escribirle a Dios. No hay requisitos previos, y no hay contraindicaciones. Sea cual fuere la vida que uno tuvo hasta ahora, todos pueden escribirle a Dios. No hay excepciones.

Al escribir esta rápida y reducida historia de mi infancia descubrí algunas cosas de mí misma de las cuales no tenía idea. Nunca había pensado que nacer judía sería un factor importante en mi vida, aunque, al escribir esto, veo que sí lo es. ¡Parecería que no me libero del tema!

Al mirar atrás, qué desordenado fue todo en mi infancia. ¿O no lo fue? Por todo lo que veo ahora, conduje mi vida ciegamente, ¿o no lo hice?

Al escribir este fragmento descubrí que tuve muchas vidas - ¡dos, tres, cuatro, cinco!- y no estuve mucho en casa en ninguna de ellas.

¿Estuvo también tu vida tan llena de contradicciones? Quizás también me cuentes de tu infancia.

Ahora empiezo:

Aparezco Yo en la Escena.

Mi madre volvió a trabajar a la tienda cuando yo tenía dos semanas de edad. Fui la única hija que mi madre no amamantó. No es algo personal, pero mi madre no quería otro bebé. Crecí con un cuento para dormir de cómo mi padre vió a mi madre sacando dinero de la caja registradora, de cómo él sospechó de ella y la siguió al consultorio del médico y no le permitió hacerse un aborto. Me contaron esta historia una y otra vez, de la misma manera en que a un chico le cuentan la historia de Ricitos de Oro y los Tres Osos. Y cada vez que la oía contenía mi respiración para saber como terminaba.

Alguien llamada Mamie me cuidó al principio. Luego alguien llamada Martha. Y luego Margaret hasta que tuve siete. Es interesante que todos sus nombres comienzan con el mismo sonido que Mamá.

Cuando mi padre y madre volvían de la tienda a las siete, los días de semana, (y los sábados a medianoche, luego de repartir pedidos) mi madre cocinaba y mi padre pasaba su tiempo conmigo. Era un tiempo adorable, mientras mi madre preparaba unas comidas judías maravillosas. Ésto contrastaba con el pan blanco de White Wonder y con la sopa de tomate de Campbell que Margaret nos daba.

Cuando tenía siete Margaret se fue. No había nadie en casa para cuidarme. Nadie me llevaba a la escuela. (Mi madre me despertaba antes de las tres de la mañana para darme una leche chocolatada y una tostada antes de irse a trabajar, y luego yo seguía durmiendo.) No había nadie en casa para saludarme cuando llegaba de la escuela. Nadie me decía cuándo levantarme o qué hacer. Nadie me decía qué ponerme o qué no ponerme. Cuando alguien me invitaba a su cumpleaños yo iba sola a comprar el regalo. No sabía cómo envolver los regalos.

Nadie me decía que haga mi tarea o que no haga nada. Cuando fui maestra me sorprendió cómo los padres hacían que sus hijos hagan la tarea. No importa cuán sola o solitaria estaba, sobreviví sin adultos merodeándome alrededor, y tuve la libertad de saber quién soy. Pero, por supuesto, siempre traté de ser como todos.

Navidad.

Pero sí sabía acerca de la Navidad, porque se celebraba en las escuelas. Chanukah no se celebraba, pero dudo que me hubiera sentido más parte de Chanukah que de la Navidad. Yo no me correspondía con ninguna.

La víspera de Navidad mi madre y padre trabajaban extra, hasta tarde, repartiendo pedidos.

Cuando Margaret estaba todavía con nosotros - Margaret vino con nosotros cuando tenía dieciseis porque su familia no tenía dinero para alimentarlos - ella consiguió pensión completa y 50 contavos por semana. Se quedó con nosotros hasta que yo tuve siete. A veces me ponía un pañuelo en la cabeza y me llevaba a la iglesia católica con ella.

Las vísperas de Navidad tomábamos un colectivo a su casa; la Navidad era un evento importante para la familia de Margaret. Pobres como eran, siempre tenían un regalo para mí. Una vez había un regalo sin caja, envuelto en papel, y me preguntaron si sabía lo que era. Al haber pasado tiempo en la tienda de mi padre, y al estar familiarizada con toda la mercadería que había allí, ¡pensé que era un pollo! Pero, por supuesto, ¡era una muñeca! Un año la familia de Margaret me dio un libro. Ellos sabían cuánto amaba yo los libros. Ahora puedo sentir cómo mi corazón y mis ojos se iluminaron.

Cuando tenía siete, Margaret se mudó, y pasé las vísperas de Navidad sola. Un año un vecino escuchó que yo estaba sola y vino a mi puerta e insistió en que yo fuera a su casa. Recuerdo su dulce amabilidad pero, por supuesto, con lo amables que fueron y también por haber sido tan amables, me sentí apartada. Este sentimiento de estar afuera me atormentó la mayor
parte de mi vida.

La escuela.

Menos mal que fui a la escuela. No puedo decir que la amaba, pero no me puedo imaginar que hubiera hecho sin ella. Las escuelas eran bastante estrictas, no un lugar con el cual encariñarse precisamente, pero tuve una maestra de segundo grado, la señorita Bancroft, que me amaba. Para mi séptimo cumpleaños me sentó en su regazo. Ella estaba teñida de rubia, lo que era algo horrendo en esos días. Me enseñó sólo ese año de la primaria. Se casó el verano siguiente y se mudó a New Hampshire. Se volvió la señora Ballard. Nuestro curso de trercer grado le escribió el año siguiente, y ella nos contestó, y dijo que mi letra era la mejor de todas.

Yo amaba las historias, y composiciones, y el arte, y me iba bien en la escuela, pero no estaba iluminada por ella. Recuerdo haber aprendido metáforas y símiles en octavo grado, y haber sentido que reconocía algo maravilloso. Quizás esto fue un precursor - o memoria- de la hermosa imagen que Dios me iba a dar luego en Heavenletters.

Gracias por visitar este sitio web y leer mi historia. Me encantaría escuchar de ustedes.